La fuerza de un comentario

No voy a andaros con rodeos sobre mi vida personal, pero si os diré que una de mis cualidades es ser muy depresivo. Además, la mayoría del tiempo estoy solo, lo que acentúa mis pocas ganas de sonreír. De hecho, ahora no estoy muy cómodo, pero es precisamente por eso que debo escribir.

Las redes sociales se han vuelto un escape para todos. Cualquiera puede hablar con cualquiera, y, cada vez más, en cualquier instante. Sólo hay que mirar la cantidad de personas que siempre están conectadas con su móvil a las redes para hablar sin parar. Hablar, hablar, hablar siempre, alejados, pero conectados.

Lo peor, es que a veces la no comunicación es mucho más fuerte que el contactar. El saber que la otra persona ha leído tu mensaje, pero que no ha contestado, hace que pensemos muchas cosas. Más de una vez somos nosotros mismos esas personas que leen a otras, y simplemente les ignoramos. A veces, hay tanta gente que nos dice tantas cosas, que ni siquiera tenemos tiempo para hacerles caso.

En la red abusamos de lo nuevo. Quizás no todos lo hagáis, pero, ¿quién no tiene ese contacto que no deja de subir fotos de sus fines de semana, o poner estados cada día? Un caos de información diaria, de links a cosas entretenidas o inútiles, que han hecho o no esas personas. Pero, ¿acaso no hacemos lo mismo en twitter y similares? Decimos casi todo lo que se nos ocurre y nos ocurre. Deseamos saber sobre los demás, pero aún más deseamos que el resto sepa sobre nosotros, y ante el caos, acabamos ignorando la mayoría de lo que los demás dicen.

Cuando al poco tiempo (o al mucho) nos volvemos a ver, no tenemos nada que contarnos. Lo sabemos todo, no hay nada nuevo, aunque ni siquiera hemos querido verlo todo. Antes de hablar (si es que lo hacemos) ya tenemos una idea de cómo es realmente la otra persona, para bien o para mal. En cierto modo, acabamos por menospreciar la novedad simplemente por abusar de la comunicación instantánea: lo nuevo, lo real, va desapareciendo. ¿Qué nos vamos a contar nuevo? El habla real acaba siendo algo torpe, casi forzado por la situación.

Ante esto, quiero proponeros algo: aprovechemos este paradigma. Alentémoslo, pero a la vez, limitémoslo.

Quizás, si apreciamos un poco más lo que los demás gritan, veamos que hacen cosas geniales y sólo piden un simple comentario para seguir, hacer cosas mejores, y dejar de pedir atención.

Quizás si quedamos con los amigos para charlar de eso nuevo que te ha pasado, sea más divertido para todos que gritarlo en un chat, y te sientas mejor que poniéndolo en un estado.

Cuando las personas ven que otros les apoyan, cuando lo sienten, no tienen por qué pedir que les miren. Saben que ya les han visto.

Dani
desde Málaga
@Animally



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Mejor no, este experimento acabó hace mucho tiempo... :)